Ser vacunado o no puede marcar la diferencia entre vivir y morir. Esta es la frase que podría resumirlo todo. Y es por eso que todos los niños y niñas necesitan ser vacunados. Es la única manera de prevenir enfermedades como el sarampión, la difteria o la tos ferina, que en los países en desarrollo siguen causando la muerte de un niño cada 20 segundos, según los datos que maneja UNICEF.

Lamentablemente, en los países llamados desarrollados cada vez más padres y madres deciden no vacunar a sus hijos, movidos por bulos que advierten de los supuestos peligros que comporta. Y decimos bulos porque no, las vacunas no contienen mercurio. No, las vacunas no causan autismo. Además, las cantidades de aluminio que contienen son ínfimas y más que seguras.

Está científicamente demostrado que las vacunas sí funcionan, que salvan millones de vidas en todo el mundo y que el 30 por ciento de las muertes de niños menores de cinco años pueden prevenirse con un gesto tan simple como ponerles una vacuna.

Es más, las vacunas siempre son más seguras que la propia enfermedad de la que protegen. Y es que algunas enfermedades infecciosas no tienen un tratamiento efectivo y las vacunas son la única herramienta para luchar contra ellas.

Por todo ello, el papel que juegan las vacunas en la salud pública es, a día de hoy, y sin ningún atisbo de duda, incuestionable. La OMS certifica que:

  • Las vacunas son seguras y eficaces: todas las vacunas son sometidas a rigurosas pruebas antes de ser aprobadas.
  • Previenen enfermedades como la difteria, el sarampión, las paperas que si se complican pueden ser mortales.
  • Proporcionan una inmunidad superior a las que ofrecen las infecciones naturales.
  • Es una responsabilidad colectiva. Cuanto más niños y niñas se vacunan, más nos beneficiamos toda la ciudadanía.
  • Si no vacunamos muchas enfermedades graves podrían reaparecer.

 Ya no hay dudas. Si queremos cuidar de nuestros hijos e hijas, debemos vacunarlos:

  • Porque si se contagian de algunas enfermedades, podrían enfermar e, incluso, morir.
  • Porque evitamos que se vuelvan algunas enfermedades hasta ahora residuales como la poliomielitis, la difteria o el sarampión.
  • Porque tu hijo o hija podría contagiar y hacer enfermar a otros niños que no pueden recibir la vacuna, por ser muy pequeños, por tener alergia a algún componente de la vacuna o por enfermedad.

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